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Posted by Emma Barthe

Siempre es un placer leer las palabras de otros y que estas se conviertan en inspiración para una nueva expresión. Y esto es exactamente lo que ha conseguido el anterior post de Sergio Blancafort “La vieja piel”.
Sergio nos recuerda la importancia de no quedarse atrapado en el pasado, viviendo esclavo de los recuerdos y atados a la memoria.

 

Dedicamos horas y horas al entendimiento de nuestro pasado, a descubrir las claves que se ocultan en nuestro presente. ¿Pero acaso ahondar en el pasado nos puede ayudar a cambiar nuestro presente?

 

Déjame decirte que no siempre es así.
A veces no hace falta indagar en el pasado, en lo que sucedió o dejó de suceder, para cambiar lo que no nos gusta de hoy. Tu presente ya contiene todas las respuestas.

 

Simplemente obsérvate a ti mismo.
Presta atención a tu pensamiento. A las decisiones que tomas y tu manera de actuar o de no actuar.

 

Ten en cuenta cómo te estás sintiendo en este mismo instante y hacia qué estado de ser te conduce ese sentimiento.

 

¿Te sientes alegre, optimista, confiado, satisfecho contigo mismo, cómodo con tu día a día o, por el contrario, sientes Insatisfacción, descontento, tristeza, anhelos de cambio y mejora personal?

 

Podemos llegar a comprender nuestro pasado, no hay ninguna duda de que es algo fundamental para llegar a conocernos, pero la comprensión no necesariamente nos conduce a la acción. A la acción sólo se llega a través de la propia acción.

 

El dolor que siento, la frustración que me invade, mi enojo por las circunstancias, la rabia que experimento, en definitiva, el miedo, (siempre el miedo), son sensaciones ligadas a experiencias pasadas que, por su intensidad del momento, nos han dejado atrapados en los recuerdos, haciéndonos dependientes de aquello que vivimos y suscitó la suficiente emoción como para ser registrado y grabado en nuestra memoria.

Esta es la razón de que en nuestras vidas se repitan una y otra vez las mismas situaciones de las que, en realidad, queremos huir. Nos hemos hecho adictos a esas emociones de dolor, de frustración, de enojo, de rabia, de miedo y el cerebro buscará su dosis continuamente hasta confirmar todo aquello que ha grabado en su memoria y se mantiene en nosotros como una profecía.

 

¿Qué podemos hacer entonces?

 

Es Sencillo: tomemos una decisión y pasemos a la acción.

 

Puedo decidir transformar mi dolor en aprendizaje, mi frustración en esperanza, mi enojo en comprensión, mi rabia en serenidad, mi miedo en amor. Esta es la fórmula y no me resisto porque sé que la resistencia genera persistencia.

 

Hoy en día, sabemos que lo que malogra cualquier iniciativa de mejora y crecimiento (personal, profesional, social, organizacional) lo que interfiere con cualquier plan de acción dirigido al cambio y al logro de nuestro éxito, es, precisamente, nuestra resistencia a ese mismo cambio.

 

¿Y a qué se debe esta resistencia?

 

Principalmente.

  • A negarnos a conocer (o conocernos) la urgencia y las razones de ese cambio.
  • A “creer” que no podemos hacerlo.
  • Porque no nos da la gana.

El cambio no viene ni vendrá nunca de fuera. Si buscas un cambio en tu vida, en tu pareja, en tu familia, en tus relaciones, en tu trabajo, en la organización, en tu país, en tu mundo, empieza por ti. Dirígete hacia el último eslabón de la cadena humana: el individuo.

 

El cambio eres tú, la fuerza del cambio está en ti.

 

Como ya nos dijo Gandhi cuando afirmaba que “Debes convertirte en el cambio que quieres ver en el mundo”.