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Posted by Emma Barthe

La semana pasada vi la película “Madame Marguerite” sobre la historia de una mujer adinerada, amante de la música y la ópera, que está convencida de sus dotes para el canto. Toda su vida gira en torno a la música y aspira a convertirse en una gran soprano. Marguerite se siente como una de las grandes. Canta regularmente frente a su círculo de amigos, convencida de un don natural que se esmera en perfeccionar con rigor y disciplina. Sin embargo, la realidad es que Marguerite, aunque todos se niegan a decirle la verdad, carece de cualidades y atributos para el canto; ni siquiera su propio marido que, indiferente y cansado, le permite que siga viviendo su fantasía.  Sin embargo, un día, se le presenta la oportunidad de cantar en la ópera y ante un gran público.  Marguerite, entre el entusiasmo y el miedo, inicia su actuación pero, en pocos minutos, el público atónito y boquiabierto empieza a reírse con burla y sarcasmo. Ella, casi inconsciente de lo que está ocurriendo, termina por desmayarse (primer mecanismo defensivo de huida de la realidad) y es llevada a un hospital  donde, finalmente, la internan.

 

Es la época de los primeros gramófonos, años veinte, y su médico especialista decide grabar su voz para que tome conciencia de la realidad.  Marguerite está embriagada de felicidad. Tiene el privilegio de poder escuchar su propia voz.  La música empieza a elevarse armónicamente para darle paso cuando, para su asombro, su intervención resulta estridente, sin tono, desacompasada, carente de armonía y belleza.  La expresión del rostro de Margueritte se transforma, pasando de la felicidad a la sorpresa, de la sorpresa al horror y del horror a la muerte.  Marguerite se desploma y cae ante la evidencia de su “realidad”.

 

Y este hecho es el que hoy me ha hecho pensar en el concepto que conocemos como “la línea sensible”.

 

Todo aquel que me conoce sabe que en mi práctica profesional la evaluación de la personalidad constituye una herramienta imprescindible para orientar a las personas hacia el cambio.

 

El autoconocimiento es un elemento decisivo para determinar  el éxito en la vida de una persona. Conocerse a uno mismo y aceptarse constituyen requisitos básicos para la salud y el bienestar.

 

Sin un conocimiento claro de nosotros mismos no podremos mejorar o desarrollar estilos de vida deseados y acordes a nuestra potencialidad real.  No son pocas las personas que, alejadas de su verdadero potencial, buscan alternativas múltiples antes de pasar por una exhaustiva evaluación de sí mismas. Nos asusta averiguar que no somos todo lo que quisiéramos ser y negamos así nuestra capacidad para crecer y mejorar.

De hecho, está demostrado que los individuos que tienen un mayor autoconocimiento son más sanos, se desempeñan mejor en el ámbito profesional y personal, desarrollan habilidades de liderazgo y son más productivos en el trabajo (Whetten y Cameron).

 

Con todo, aun parece existir una resistencia a la posibilidad de ser evaluado de manera neutral y objetiva. No queremos que queden en evidencia nuestros aspectos débiles, aquellos que en nuestro miedo pudieran colocarnos en una posición de desventaja o inferioridad, y así huimos del conocimiento personal.

 

En palabras de Maslow:

-Tendemos a tener miedo de cualquier conocimiento que nos pueda causar desprecio por nosotros mismos o hacernos sentir inferiores, débiles, devaluados, malos o avergonzados. Nos protegemos a nosotros mismos y a la imagen ideal que tenemos de nosotros, por medio de la represión y defensas similares que, esencialmente, son técnicas por las cuales evitamos ser conscientes de las verdades que consideramos peligrosas o desagradables. Pero esta resistencia es la “negación de nuestro mejor lado, de nuestros talentos, de nuestros impulsos más finos, de nuestras potencialidades más altas, de nuestra creatividad. Es la lucha contra nuestra propia grandeza.

 

Y es aquí, frente la negación de lo que podría suponer el verdadero despertar: ¿Quién soy yo?, donde surge el concepto de “línea sensible”.

 

Ese es el punto en el que las personas, cuando hacemos frente a información sobre nosotros mismos que pudiera contradecir nuestro concepto personal, nos ponemos a la defensiva.

 

Cuando los individuos nos sentimos amenazados, cuando enfrentamos informaciones incómodas o incertidumbres, tendemos a volvernos rígidos. Nos agachamos, nos protegemos y evitamos los riesgos. (Whetten y Cameron).

 

El autoconocimiento es la primera aptitud de la inteligencia emocional. Cuando nos conocemos y reconocemos donde estamos hoy, sabemos identificar qué nos está frenando en nuestro camino hacia la satisfacción personal y la vida plena.

 

La vida que vivirás mañana, la construyes con tu mente de hoy. Si negamos el hoy con los múltiples mecanismos de defensa que utilizamos para no reconocer ese hoy (que nos cuesta admitir) posiblemente nuestro mañana se aleje cada vez más de nuestro potencial real y vivamos la vida que no queremos o no querríamos vivir.

 

Conocer a los demás es inteligente, conocerse a ti mismo es pura sabiduría.
Lao Tzé