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Posted by Sergio Blancafort

A veces tienes la impresión de que las cosas que te han pasado en la vida, los hechos que te han marcado, siguen contigo. Sientes que forman parte de quien eres, que te acompañan en el presente y así lo harán el resto de tu vida porque, además, así es como debe seguir siendo. Esta forma de pensar te lleva a considerar que el pasado, tu pasado, es un hecho irrenunciable y que, para bien o para mal, forma parte de quien eres.

 

Así, te muestras dispuesto a darlo todo por aquel que fuiste, por aquello que viviste y por cómo lo viviste. Defiendes aquel dolor o te ocultas aquella vergüenza y los sacralizas porque entonces fue real, y consideras que ese hecho le confiere suficiente “legitimidad” como para seguir siéndolo.

 

Como si faltar a ese tributo de vergüenza o dolor fuera una suerte de traición a los hechos en sí, o a las personas con las que los compartiste, acabas considerando justo hacerte acreedor de ese saldo inexistente.

 

Y digo inexistente porque ese pasado no forma parte de quien eres ahora, forma parte de quien fuiste en el momento en que aquellas situaciones o vivencias fueron experimentadas por ti de aquella forma.

 

Hoy, para bien o para mal, eres alguien distinto. Probablemente con más experiencia y con un mayor campo de visión. Con una comprensión mayor del mundo de la que tenías entonces, más aún si eras un niño o un adolescente, y la mirada con la que verías aquellos hechos que te marcaron no sería ahora la misma.

Hasta es posible que vieras distintas cosas y que, donde experimentaste abandono por parte de una pareja o un padre, y te sentiste infravalorado, fueras capaz de descubrir generosidad. Donde te juzgaste incompetente por no haber sabido elegir tu futuro, descubrieras una amplitud de miras que, más allá de la renuncia, te ha ofrecido la posibilidad de intentarlo de nuevo. Donde te juzgaste injusto o cobarde, te descubras responsable o auténtico.

 

La idea que defiendo en este post está relacionada con el derecho y el deber de visitar nuestro pasado desde quienes somos, desde todo lo que hemos aprendido y trascendido porque es posible que, si lo hacemos desde este lugar en el que ahora nos encontramos, desde esta nueva etapa de nuestra vida, descubramos luces donde veíamos sombras, hallemos generosidad donde creíamos exclusión, desconocimiento donde injusticia, etc…

 

O es posible que no, que hallemos exactamente lo mismo y, en cualquier caso, desde quienes somos hoy, no desde quienes éramos y ya no seremos más, desde todo lo que hemos aprendido y trascendido, seguro que podremos decidir con mayor libertad si lo que debemos sentir por aquel momento de nuestra historia es vergüenza o admiración, indiferencia o aprecio, prejuicio u orgullo. Orgullo de haberlo hecho bien. De haberlo hecho, cuando menos, lo mejor que supimos y pudimos en aquel momento.

 

Revisitando el pasado desde quienes somos, reescribiéndolo desde nuestra nueva capacidad y experiencia, podremos recuperar esa parte de nosotros que creíamos perdida y hacerla nuestra otra vez, disponer de todo nuestro potencial de desarrollo y emplearlo porque, la vieja piel, como la camisa abandonada de una serpiente que ha crecido demasiado para seguir dentro de ella, no merece seguir definiendo la talla de nuestros sueños.