Posted by Sergio Blancafort

Como conocedor inmerso en lo conocido, el ser humano no dispone de un lugar de observación imparcial.  Las leyes que sostienen el mundo que nos rodea y explica, el logos, se insinúan detrás de lo observado como sombras, lanzando pistas, eso sí, miguitas de pan a lo largo de un camino fabuloso pero incierto.

 

Huidiza como ese pez que se escurre entre nuestras manos justo cuando creemos haberlo atrapado, saltando de nuevo al rio, la naturaleza esencial de las cosas se nos escapa.

 

Somos a un tiempo la mano que intenta coger el pez y el pez mismo, sumergido de nuevo, luchando por su vida corriente arriba.  

 

Un pez que conoce el arroyo, sus rocas y recodos, el peligro y la necesidad pero que, por estar sumergido en ella, desconoce la existencia del agua.

 

Nosotros, los seres humanos, innegablemente más dotados que los peces para dar saltos, tenemos la capacidad de deducir, de cuestionar y de abstraer lo esencial, atrapando aspectos de ese “logos” que intuimos.

 

En la película 2001, Odisea del espacio, un film de Stanley Kubrick rodado en la década de los setenta, se desarrolla una acción impresionante en la que el hombre primitivo, provisto de la tibia del animal que está devorando, se defiende de un competidor que intenta arrebatarle las sobras.

 

El hecho de utilizar un hueso como arma, de instrumentalizar un objeto cualquiera para darle una utilidad práctica distinta a aquella para la que ha sido concebido, implica un nivel de abstracción elevado y supuso un salto en la evolución de nuestra especie, pero no somos el único animal que lo hace.

 

Lo que entonces supuso un salto de gigante, y en la película es celebrado por el primitivo haciendo danzar esa misma tibia en el cielo, como si se tratara de un birrete de graduación, fue la comprensión de que teníamos la capacidad de hacerlo.

 

La conversión del homo Sapiens en Sapiens Sapiens, el que sabe que sabe. Y ese sí es un signo distintivo.

 

La tibia del cavernícola gira en el cielo y lo hace describiendo una parábola impredecible de ciento treinta mil años, el tiempo transcurrido desde ese descubrimiento grandioso hasta hoy en día. El tiempo que media entre ese hueso, lanzado al vacío, y cualquiera de los satélites de comunicaciones actualmente en órbita.

Sabemos que sabemos, pero no sabemos exactamente qué y aprendemos lanzando tibias al espacio o construyendo metáforas que nos permiten aproximarnos a principios que entendemos mejor desde su aplicación práctica. 

 

Esa ha sido tradicionalmente nuestra principal palanca de avance en la comprensión del misterio que nos rodea.

 

La revolución digital, por ejemplo, nos recuerda algo que quizás intuíamos pero que ya no podremos seguir negando:  La representación física de un contenido, el formato, no es relevante.   Lo importante es la información, el logos, el misterio.  

 

Ese hecho que ahora nos parece obvio, no estaba tan claro hace solo unas décadas y marca una diferencia cualitativa tan grande, en la comprensión de nuestro entorno, que aún no es posible determinar hacia donde nos lleva el siguiente paso.

 

El arca de la alianza, con las tablas de la ley incluidas, los petroglifos, la pintura mural en las tumbas del Antiguo Egipto o el disco de vinilo, como formato ya claramente en transición, han sido venerados como objetos de culto porque no existía la posibilidad física de separar el contenido del objeto en sí que lo albergaba.

 

Nuestras agendas ya no son volúmenes encuadernados que renovamos todos los años y coleccionamos en un estante. Nuestras agendas son datos que están colgados en una nube digital y a los que accedemos desde cualquier dispositivo electrónico, en cualquier lugar y en cualquier momento. Y lo que es más importante, todos esos datos se almacenan electrónicamente en “silos” virtuales a los que todos tenemos acceso.  

 

Una vez más, La tecnología, la aplicación práctica del principio, nos marca el camino. El pez tal vez no comprenda aún la existencia del agua, pero empieza a notar que está mojado.

 

Nuestra forma de percibir el entorno físico, de entender nuestras relaciones y nuestra forma de estar en el mundo está cambiando. Y gracias a esa metáfora tecnológica que supone el establecimiento de la “aldea global de la información”, empezamos a estar en disposición de admitir que tal vez exista también una “aldea global de la conciencia”, de las intenciones, de las emociones, de los anhelos.

 

Una forma de conexión interpersonal, aun no explicada, que iría más allá de la comunicación sensorial y que genera estados de conciencia o realidades colectivas.  Llamamos a ese lugar de encuentro, a esa aldea global de la conciencia “Sistema” y a la metodología que nos permite acceder a esa fuente de información “Facilitación Sistémica”. 

 

La búsqueda forma parte de nuestro destino y tal vez, como cualidad adaptativa, constituya el elemento más eficaz a la hora de garantizar nuestra supervivencia colectiva en el planeta.