Posted by Sergio Blancafort

El Instituto Strozzi propone un nuevo lugar para la transformación de las emociones, creencias y tendencias condicionadas: El cuerpo. Un lugar desde donde declarar nuestro propósito y experimentar nuestra dignidad, sosteniendo la dignidad de los  otros.

 

La distinción que esta metodología aporta frente a otras que emplean el cuerpo para transformar emociones, creencias y tendencias condicionadas, a la hora de desarrollar líderes inspiradores y capaces, es que ésta no aspira a transformarlas desde el cuerpo, sino a transformar el cuerpo como lugar que las soporta y manifiesta, reprogramando la memoria implícita de éste.

 

Nuestro cuerpo explica nuestra historia, a los demás y a nosotros mismos. El lugar en el que nos encontramos en nuestro “proceso vital” es el resultado de un bagaje emocional y vivencial que no solo manifiesta nuestra propia experiencia de vida sino que incorpora a su vez el aprendizaje, los traumas o las soluciones de las generaciones que nos han precedido.

 

Toda esa historia está representada en nuestra posición física, en la forma en la que sostenemos la cabeza, en cómo la inclinamos al hablar con los otros…    Desde dónde observamos al hacerlo puede indicar desconfianza o condescendencia, por ejemplo.  Si nuestro eje al situarnos frente a los demás está inclinado hacia delante o hacia atrás, está relacionado con la idea corporizada que tenemos de nosotros; si preferimos pasar desapercibidos o si necesitamos ocupar un lugar más aparente. También nuestra voz es presencia física y también los silencios o movimientos imperceptibles de nuestras cejas.  

 

Nuestra presencia está explicando una historia, nuestra historia, y ese relato influye en la forma en que somos percibidos por los demás y en el modo en que  nos percibimos nosotros, las acciones que nos sentimos capaces de realizar y el modo en cómo las acometemos. Nuestra tendencia condicionada o forma de reacción espontánea frente a un estímulo o desafío, es también el resultado de un proceso corporizado que se inicia en los primeros estadios de la vida como especialización adaptativa para nuestra supervivencia.

 

Nada de esto es nuevo, por supuesto, la kinesiología estudia las relaciones entre la emoción y la posición o el movimiento y la manifestación física de la actitud en los seres humanos. Lo que resulta diferente en esta metodología y es la piedra angular de este trabajo es la idea de que es precisamente en el cuerpo, modificando la memoria implícita del cuerpo, donde la transformación es posible y no mediante el aprendizaje intelectual.

 

Partimos del convencimiento de que la tendencia condicionada, nuestra forma de reaccionar bajo presión, ya sea lucha, huida, disociación o sumisión, son mecanismos adaptativos grabados en nuestra memoria implícita en etapas vitales de aprendizaje no intelectual y que por lo tanto no son transformables mediante un proceso intelectual.  También el trauma y la vergüenza soportan una creencia asentada en la memoria implícita y son difícilmente transformables mediante un proceso cognitivo consciente.

 

La reprogramación somática, el cuerpo que “soy” frente a la idea “cartesiana” del cuerpo que “poseo” (pienso luego existo) nos lleva a enfrentar la realidad de nuestra existencia y de nuestro propósito desde una visión absolutamente pragmática.  Así, del mismo modo que no “poseo” un cuerpo, sino que “soy” un cuerpo, tampoco “tengo un compromiso”, sino que “soy el compromiso”.

La realidad pragmática que soporta la corporización de nuestro proceso vital, de nuestro propósito,  evita la procrastinación que supone tener que convencer a nuestro cuerpo, desde el cerebro que creemos ser, de las nuevas acciones que necesitan ser llevadas acabo, del nivel de respuesta diferente que estamos necesitando en este momento de nuestra vida.

 

La acción es nuestra forma de comunicarnos con el universo. Por supuesto la palabra es también acción, de igual modo que lo puede ser el silencio o la no acción, en un momento dado.  Consideramos acción por lo tanto el ejercicio de nuestra voluntad, pero no el pensamiento. “El conocimiento es solo un rumor hasta que se convierte en músculo”.

 

El pensamiento puede ser además un lugar de procrastinación, un compás de espera entre el impulso y la acción transformadora.  En este sentido, una decisión personal se entendería como acción cuando ésta se corporiza y nos moviliza.

 

Es también mediante la acción, por lo tanto, como transformaremos nuestro cuerpo y con éste, el proceso vital que soporta.

 

Trabajamos el “centrado” para configurar nuestro lugar de coherencia y poder; aprenderemos a “encarar” las circunstancias desde nuestra dignidad frente a la dignidad del otro; nos “extendemos” de forma conectada, sintiendo la presencia de lo que nos envuelve; nos “introducimos” de forma certera y genuina en la realidad del otro o de nuestro proyecto y nos “combinamos” con los demás, en proyectos e ideas, sin mezclarnos ni precipitarnos, manteniendo nuestra individualidad y criterio, nuestro centro, sin diluirnos ni oponernos, sosteniendo y convenciendo. Aprendiendo el valor de ese gran Sí que hay detrás de todo aquello a lo que hemos aprendido a decir decir No.

 

Usamos el cuerpo para cambiar el cuerpo y lo hacemos mediante el uso de ejercicios físicos y movimientos procedentes del Aikido. Realizar nuevas acciones o transformar nuestra tendencia condicionada, ejercitando el cuerpo, constituye una metáfora literal que el Instituto Strozzi sostiene como proceso de cambio.

 

Como arte marcial no agresiva, desarrollada en la primera mitad del siglo XX por profesores procedentes de diversas escuelas y filosofías orientales, el Aikido desarrolla la habilidad de oponer una defensa eficaz mediante el uso de la fuerza del contrario, ejercitando movimientos envolventes, fintas, caídas y combinaciones armónicas, realizadas desde nuestro centro, para fortalecer nuestro centro. Así,  integramos y “asimilamos” al contrario.  Así, la energía del oponente, su fuerza o su agresividad, se convierten en el mejor aliado de nuestro propósito. 

 

La traslación de ese oponente externo o enemigo a la figura del oponente interno que es nuestra vergüenza, creencia limitante, tendencia condicionada o trauma, nos permite pues utilizar la fuerza reactiva de esa parte de nuestro proceso vital que no está contribuyendo a nuestro propósito y asimilarla de nuevo. Para hacerlo, utilizamos el espacio o los compañeros con los que practicamos las llaves o katas.

 

El éxito de este proceso de corporización o asimilación del conflicto dependerá por lo tanto, no de un proceso intelectual consciente, sino de una práctica física que debe ser mantenida mediante numerosas repeticiones de las catas, declaraciones y  ejercicios de centrado. Se habla de 300 repeticiones  para que el cuerpo aprenda y la nueva acción esté disponible y de 3000 repeticiones para que esta nueva acción sea ya la única posible y la anterior haya dejado de existir en nuestro cuerpo o memoria implícita.

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