¿Te reconoces en tus actos?

¿Te reconoces en tus actos?

Escuchar una grabación de la propia voz puede ser perturbador para muchos de nosotros. Descubrir, no sólo que no la reconocemos como nuestra, demasiado metálica, aguda o ronca sino que, además, el tono empleado desvela rasgos de personalidad inquietantes, puede despertar dudas razonables sobre cómo estamos siendo percibidos por los otros.

Estamos acostumbrados a oír nuestra voz desde dentro, a observar nuestras acciones desde la utilidad que les suponemos o desde el deseo de resultados pero la eficacia de nuestros actos, y nuestras palabras pueden considerarse también como tales, no dependerá tanto de nuestro deseo, como de su impacto real en el mundo. Por decirlo de otro modo, la realidad de quienes somos, nuestro verdadero yo, no se encuentra a este lado del terreno de juego. Nuestro verdadero yo juega en campo contrario.

La observación Somática de nuestra forma de ser, la lectura de las acciones que desarrollamos: el grado de anticipación o de procrastinación en nuestra toma de decisiones, la posición con la que nuestros hombros encajan una negativa o la apertura con la que estamos dispuestos a recibir una propuesta de mejora, por citar algunos ejemplos, constituyen episodios de un relato Somático que nos toma siempre la delantera.

Un relato corporizado que constituye nuestra forma de ser, nuestra alma visible. Un patrón que hemos construido, acción tras acción, durante toda nuestra vida, pero que se remonta a la experiencia vital de nuestros ancestros, añadiendo al nuestro el legado somático de todo nuestro linaje. Una historia corporizada que manifiesta el resultado de todas esas experiencias de vida y que es perceptible, no solo en nuestra manera de hablar, no solo en el idioma, que también, sino en nuestra posición física, en nuestros gestos o nuestra forma de sobreponernos o de colapsarnos ante determinados desafíos.

El modo de encorvar la espalda levemente y bajar la barbilla que nos lleva a pedir perdón, cuando en realidad no hemos cometido ninguna falta u ofensa, es algo que aparentemente no podemos evitar, que vehicula nuestra resignación y que está influyendo en la calidad de nuestras acciones. La manera de arquear las cejas y ponernos rígidos, evitando el contacto con las emociones de los demás, como si temiéramos perder nuestras razones si consideramos las de nuestro oponente, nos hace parecer quebradizos y disminuye nuestra capacidad de influencia, aunque en determinados momentos nos permita imponer nuestras ideas.

La aceleración del pulso, la congestión sanguínea en la parte superior del cuerpo, especialmente pecho y cabeza mientras hablamos, olvidando mantener los pies en el suelo, olvidando nuestras piernas y cadera al defender apasionadamente una opción, nos aleja de la realidad convirtiéndonos en la primera víctima de nuestras manipulaciones. Y cada una de estas respuestas físicas constituyen nuestra forma de ser, lo que desde la evaluación Somática entendemos como nuestro Soma.

Cultivar nuestro Soma se convierte en una necesidad cuando queremos transformar nuestra manera de ser que, a ojos del mundo, es lo que hacemos. Para conseguirlo, la Escuela Somática se afianza en la práctica de ese camino interior que nos lleva de vuelta al terreno de juego, a habitar nuestra forma.